En medio del ruido político, las promesas de desarrollo y los discursos sobre sostenibilidad, hay una cifra tan pequeña como poderosa que debería guiar las decisiones de cualquier país que tome en serio el cambio climático: 2 toneladas de dióxido de carbono por persona, por año. Ese es el límite aproximado de emisiones per cápita compatible con la meta internacional de no superar los 2 °C de calentamiento global. Más allá de esa línea, los riesgos para la vida en el planeta —incluyendo la nuestra— crecen de forma descontrolada.
Este umbral no es una ocurrencia de ambientalistas radicales. Es una estimación basada en el presupuesto global de carbono, una herramienta científica que calcula cuánto CO₂ puede seguir emitiendo la humanidad sin sobrepasar ciertos puntos de no retorno en el sistema climático. Ese presupuesto, si se distribuye de forma equitativa entre la población mundial, nos da una cuota personal de aproximadamente 2.1 toneladas de CO₂ equivalente por persona al año durante los próximos 50 años. Para el escenario más seguro —mantenernos debajo de 1.5 °C de aumento— la cifra baja a 1.5 toneladas o menos, pero esta opción cada vez es más lejana.
Frente a este panorama, Costa Rica tiene una tarea pendiente. Según datos del Joint Research Centre de la Comisión Europea, nuestras emisiones per cápita alcanzan actualmente las 3,185 toneladas de CO₂ equivalente al año (2023), sin considerar el aporte positivo del balance forestal. Reducir esa cifra será cada vez más difícil si no se adoptan decisiones estructurales. El crecimiento urbano desordenado, la expansión del transporte privado, el uso intensivo de fertilizantes en la agricultura y la creciente presión sobre el uso del suelo amenazan con incrementar aún más nuestras emisiones.
Entonces, no podemos seguir por el camino que llevamos, debemos liderar. Como país pequeño, altamente vulnerable y con escasa responsabilidad histórica en la crisis climática, tenemos la legitimidad para exigir acción internacional, pero también la obligación ética de predicar con el ejemplo. Y eso pasa por establecer un camino claro para reducir nuestras emisiones per cápita por debajo del umbral de 2 tCO₂-eq/año, y ojalá acercarnos a 1.5 tCO₂-eq/año.
Eso no implica frenar el desarrollo, sino repensarlo. Requiere avanzar con más decisión en la electrificación del transporte, la transformación de nuestros sistemas alimentarios, la eficiencia energética, la innovación productiva baja en carbono, y sobre todo, en la coherencia de nuestras políticas públicas.
Porque la acción climática no se mide solo en toneladas, sino en decisiones. Y la próxima década será clave. Mientras otros países apenas se acercan a los límites seguros de emisiones, Costa Rica tiene la posibilidad —y el deber— de mantenerse dentro de ellos, y demostrar que un desarrollo con baja huella es no solo necesario, sino posible.
En la batalla global por estabilizar el clima, cada decimal de grado cuenta, y cada tonelada también. Ya conocemos nuestra cuota. El reto ahora es respetarla y, mejor aún, superarla.
Porque en la lucha climática no se trata solo de cuánto emitimos, sino de cuánto podemos permitirnos seguir emitiendo. Y esa respuesta ya la tenemos: menos de 2 toneladas por cabeza por ahora.
REFERENCIAS
European Commission, Joint Research Centre, Crippa, M., Guizzardi, D., Pagani, F., Banja, M., Muntean, M., Schaaf, E., Monforti-Ferrario, F., Becker, W.E., Quadrelli, R., Risquez Martin, A., Taghavi-Moharamli, P., Köykkä, J., Grassi, G., Rossi, S., Melo, J., Oom, D., Branco, A., San-Miguel, J., Manca, G., Pisoni, E., Vignati, E. and Pekar, F., GHG emissions of all world countries, Publications Office of the European Union, Luxembourg, 2024, https://data.europa.eu/doi/10.2760/4002897, JRC138862.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2024). Informe sobre la Brecha de Emisiones 2024. No más promesas de humo, por favor. En medio de una enorme disparidad entre lo dicho y lo hecho, los países preparan nuevos compromisos climáticos. Nairobi. https://doi.org/10.59117/20.500.11822/46404

