
Cada vez que tiramos comida a la basura, no solo estamos desperdiciando un recurso valioso, sino también contribuyendo silenciosamente a una crisis global que afecta al planeta y a millones de personas. El desperdicio de alimentos es un problema económico, ambiental y social de proporciones colosales. Se estima que cada año se desperdician más de 1.000 millones de toneladas de alimentos en el mundo. Para ponerlo en perspectiva: más de un tercio de toda la comida que se produce globalmente acaba en la basura. ¿Cómo podemos justificar esta cifra cuando casi 800 millones de personas padecen hambre?
Un costo invisible en cada plato
El valor económico de los alimentos desperdiciados supera el billón de dólares anuales, pero el impacto real va mucho más allá del dinero. Este desperdicio involucra el uso de más del 28 % de las tierras agrícolas del planeta, la explotación de recursos hídricos, energía, fertilizantes y mano de obra, todo para producir alimentos que nunca se consumirán. Como si fuera poco, este ciclo genera entre el 8 y el 10 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, contribuyendo directamente al cambio climático.
La ironía es brutal: mientras se desechan toneladas de comida en supermercados, restaurantes y hogares, 150 millones de niños sufren retrasos en su desarrollo por falta de nutrientes, y millones de familias enfrentan inseguridad alimentaria crónica. En 2022, el 29,6 % de la población mundial vivía con inseguridad alimentaria moderada o grave.
Hogares: el epicentro silencioso del problema
Aunque muchas veces se señala a los supermercados o restaurantes como principales responsables del desperdicio, los datos revelan que los hogares son el mayor foco de este problema. En promedio, se desperdician 79 kg de alimentos por persona al año en las casas, lo que representa cerca del 60 % del total mundial.
En Costa Rica, se estima que cada habitante desperdicia 91 kg de alimentos al año en su hogar, cifra que equivale a más de un millón de toneladas de comida tiradas anualmente. En países vecinos, el escenario no es mejor: Guatemala también reporta 91 kg por habitante al año (más de 1,6 millones de toneladas), Honduras 90 kg (940 mil toneladas), Nicaragua 90 kg (626 mil toneladas), y El Salvador 91 kg (579 mil toneladas). En el Caribe, la República Dominicana lidera con un preocupante 160 kg de alimentos desperdiciados por persona al año, generando casi 1,8 millones de toneladas de residuos.
Estos datos —aunque sujetos a márgenes de incertidumbre— revelan una tendencia alarmante: el desperdicio de alimentos no es solo un problema de países ricos. También está presente en regiones donde el acceso a una dieta balanceada sigue siendo limitado para millones de personas.
Un objetivo global, una responsabilidad compartida
La comunidad internacional ha reconocido la urgencia del problema. La meta 12.3 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible busca reducir a la mitad el desperdicio per cápita de alimentos para 2030, tanto a nivel de consumidores como en la cadena de suministro. Paralelamente, la Meta 16 del Marco Mundial de Biodiversidad Kunming-Montreal llama a reducir significativamente el consumo excesivo y el desperdicio, en armonía con la naturaleza.
Lograr estos objetivos requiere más que buenas intenciones. Necesitamos marcos legales e incentivos claros que promuevan el consumo responsable, mejoras en la infraestructura de almacenamiento y transporte, programas nacionales de educación alimentaria, y sobre todo, una transformación profunda en nuestra relación con los alimentos.
Una llamada a la acción: gobiernos y empresas tienen un papel clave
Este no es solo un problema de consumidores: los gobiernos deben liderar con decisión la lucha contra el desperdicio alimentario. Es urgente crear políticas públicas que obliguen a reportar y reducir las pérdidas a lo largo de la cadena de suministro, establecer normas claras para el etiquetado de fechas de caducidad y consumo preferente, y promover leyes que incentiven la redistribución de alimentos excedentes a bancos de alimentos y organizaciones sociales.
Por su parte, el sector privado tiene una responsabilidad ineludible. Las empresas alimentarias pueden optimizar sus cadenas logísticas, innovar en empaques sostenibles y ajustarse a modelos de economía circular. Los supermercados pueden fomentar ventas de productos cercanos a su fecha de vencimiento a precios reducidos y donar los excedentes en vez de desecharlos. Además, es vital que los sectores de la restauración, hotelería y eventos incorporen criterios de eficiencia y sostenibilidad en sus operaciones.
Porque en un mundo con tanta comida, nadie debería pasar hambre
Reducir el desperdicio de alimentos no es solo una estrategia ambiental: es una acción ética, económica y socialmente inteligente. Es una oportunidad para reducir costos, combatir el cambio climático, preservar la biodiversidad y, sobre todo, garantizar que más personas tengan acceso a alimentos suficientes y nutritivos.
La lucha contra el desperdicio alimentario debe ser una prioridad nacional e internacional, con compromisos firmes de todos los sectores. Porque mientras millones de personas siguen padeciendo hambre, dejar que la comida acabe en la basura debería considerarse simplemente inaceptable.
Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2024). Informe sobre el índice de desperdicio de alimentos 2024. Nairobi.
